Solamente es un soplo más húmedo que el
llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin
nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose.
Pablo Neruda
El silencio
traspasa el espejo que se suspende en el movimiento de tus labios
y tus senos
se precipitan a la tierra como péndulos atestados de vida,
en húmedos
vaivenes que entorpecen el paso del tiempo,
como la
aguja de un reloj trabado en la misma historia de siempre.
Tu lengua atraviesa
el camino pedregoso
y se posa
sobre tu mentón agudo,
saboreando el
jadeo de su boca,
degustando
la brisa nocturna.
Las guindas
bajo las colinas ruedan ante las agitaciones,
la tierra
abre paso a la carne moribunda,
media luna reposa
en un manto de alfileres de cabeza redonda
iluminando aquel
valle donde transitaban los días,
resucitando
el deseo de tus venas roñosas que alinean el paso de la sangre.
No hay
murmullos en la calle,
los pájaros
silentes yacen en las ramas de un árbol desnudo,
aguardan los
gritos en la primera esquina
y el cielo
clama el efluvio de tu boca,
mientras un
centenar de hormigas cargan hojas de otoño
para
cobijarse en las sombras de tus dedos de plata.
Dos cabezas
flotan en aguas desiertas,
intentando
abrir sus mandíbulas ante la deshidratación del alma
Como hollejos
de uvas rememorando la vendimia pasada,
dos cuerpos
aplastados por cardúmenes de lágrimas,
recuerdos
insanos de un amor baldío,
estropeado
por insultos y segregaciones.
Tus piernas
largas se desvanecen en la niebla,
sus brazos
intentan abrazar el viento.
Un perdón recurrente
florece sobre cerros de huesos quebrados
que aguardan
entre las cenizas de cartas selladas con una saliva espesa.
El roce de
dos ombligos,
nueces recién
masticadas,
regurgitando,
hasta
friccionarse en un manto de escamas añejas
El rojo se
sobrepone al blanco desteñido
en murallas
rasguñadas por el pasar de los años,
fluye como
el agua de un río desbordado,
ahí donde
flota el aceite de dos cuerpos
para penetrar,
sin limitaciones,
carcomiendo
las grietas de dos ventanales
testigos de
los momentos.
El viento
sopla más fuerte,
el cielo
escupe trozos de hielo.
la carne
aclama a la carne en su ermitaña angustia.
Abren sus
ojos inmortalizando las horas,
sus pupilas
dan paso a la muerte
y un pequeño
gemido irrumpe en la habitación ya desierta,
despedida a
un mundo devastado,
a una
relación inversa,
a un barco
de dos tripulantes sin rumbo.
La tierra sigue
girando,
las nubes se
ordenan
esperando la
incrustación de las piedras en la tierra,
el polvo se
mezcla con dos cráneos vacíos,
miseria obtusa
abandonada en la montaña.
Medusas
emergen desde un lago de espuma rosada…
Tefi Valdés
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